Fruto de ese mestizaje culinario es el famoso
pozole, cuya
degustación debe ser antecedida por unos tragos de
mezcal
-un licor fuerte y seco- que alerta y prepara al estómago para lo
que viene después: un contundente tazón (pozolero) rebosante de
caldo blanco, con limón, orégano, cebolla, aguacate, chile verde,
chicharrón y deliciosas sardinas.
También existe el
pozole verde, de similar preparación
aunque el caldo es de ese color. Eso sí, ambos se sirven acompañados
de tortillas fritas, untadas de crema y espolvoreadas con queso.
Otra preparación exquisita, aunque mucho más ligera, es el
fiambre,
una combinación de carne de cerdo, pollo y res aderezadas con chiles
jalapeños, uvas, pasas, almendras y aceitunas.
Cuando desee endulzar el día, no deje de probar los
tulipanes
de frutas tropicales, unas bolitas de pasta rellenas de nieve
y salsa de diversas frutas, el
alfajor de coco acapulqueño,
dulces de tamarindo y hasta dulce de chile.
A la hora de beber tenga en cuenta a la
petaquilla, un
trago a base de mezcal y un concentrado de uvas silvestres de la
región, conocido como
sangre de baco, un licor muy consumido
en la zona.
Si explorar sabores no es su afición favorita, no tiene de qué preocuparse.
Acapulco cuenta con excelentes e innumerables restaurantes
que le rinden culto a la gastronomía internacional. Sólo queda decir:
Buen provecho.