Tiempo después, cuando Hernán Cortés llegó a esta bahía en 1530 -luego de derrotar a los aztecas- se quedó prendado del lugar no solo por sus encantos naturales sino también por su estratégica posición geográfica, que la convertiría en un nexo en la ruta marítima entre las Filipinas y España, y, de paso, en uno de los blancos preferidos de los piratas.
La prosperidad de este importante centro naviero y comercial llegó
a su fin en 1818, cuando los españoles, sitiados por las fuerzas
mexicanas, tuvieron que abandonar la bahía; entonces, el aura venturosa
de
Acapulco se eclipsó dramáticamente, hasta que
sus encantos naturales la rescataron del olvido más de un siglo
después.
Hoy,
Acapulco se ufana de sus preciosas playas.
Un rosario de arena, solaz y diversión casi infinito, que tiene
entre sus cuentas playas como la Caleta y Caletilla, de aguas serenas
y casi imperturbables; de la inquietante Condesa, de olas fortísimas,
retadoras; o de la sofisticada Pichilingue, la favorita de las constelaciones
de estrellas que aún siguen llegando.
Pero la "Perla del Pacífico" no solo es playas y cuerpos bronceados; es también diversión al límite, aventuras refrescantes debajo del mar, deportes acuáticos que desatan la adrenalina, fiestas que parecen o deberían ser interminables y gloriosos banquetes en los que sobran platillos exquisitos. Aquí los problemas son relativos; aquí, el único problema es tener que marcharse.