Pero la presencia humana también es notoria y ha dejado su impronta en estos parajes. De los grupos indígenas que habitaron la zona antes de la llegada de los españoles, todavía subsisten los tarahumaras -son la mayoría-, tepehuaes, pimas y guarijíos. Todos ellos viven de la agricultura y el pastoreo.
Los tarahumara se llaman así mismos rarámuris, término que se traduce como "hombres de pies ligeros", denominación que hace referencia a su fama de intrépidos y rápidos corredores. Ellos viven en forma aislada, en cuevas o en modestas cabañas de madera localizadas en las montañas, cultivando las tierras altas en el verano y las bajas en el invierno.
Su religiosidad es una muestra del sincretismo entre las creencias prehispánicas y la fe occidental. Los tarahumara no sólo adoran a Cristo y a los santos católicos, sino también a sus viejos dioses: Raiénari (Sol) y Mechá (Luna). En sus rituales consumen el peyote, una sustancia alucinógena.
En la época colonial, los españoles, ansiosos por explotar los ricos
yacimientos de oro, plata, cobre y ópalos existentes en la barranca,
diseñaron caminos angostos y peligrosos senderos que hacían acrobacias
en la complicada geografía; siglos después, con la llegada de las
empresas mineras norteamericanas se construiría el ferrocarril Chihuahua
al Pacífico, una perla de la ingeniería moderna. La actividad minera
trajo consigo la formación de varios pueblos, como Creel y El Divisadero,
los cuales son parte de los atractivos de las
Barrancas del Cobre, un paraíso de la profundidad.