Aunque, en honor a la verdad, la adrenalina se desboca ni bien comienza el viaje. Un periplo apasionante pero agotador, sobre todo si uno es pasajero de ese tren centenario, aguerrido y monumental, que fuera construido por las empresas estadounidenses que explotaban las riquezas minerales de la zona.
El tren Chihuahua-Pacífico, es, sin duda, una de las mejores maneras
de conocer las
Barrancas del Cobre. No importa
si el recorrido dura 10 ó 12 horas, tampoco si las paradas son demasiado
largas o si hay muchos túneles y puentes, lo único que interesa
es deleitarse con el panorama o con el pintoresco trazado urbano
de los 12 pueblos que están a la vera de los rieles.
De orígenes coloniales o surgidos por la explotación minera, los
pueblos de las
Barrancas del Cobre se ufanan de
su sencilla prestancia de edificios centenarios y callecitas polvorientas;
pero, a pesar de su entrañable encanto, el origen humano de estas
tierras no se encuentra en sus plazas e iglesias, sino en la inmensidad
de la Sierra Tarahumara, como también se le llama a esta área.
A pesar de lo difícil de su paisaje, las barrancas fueron habitadas desde tiempos prehispánicos por numerosos grupos indígenas (más de un centenar), los cuales fueron diezmados por el maltrato de españoles y mestizos. En la actualidad sólo existen descendientes de las etnias tarahumaras, tepehuaes, pimas y guarijíos.
De todos ellos, los tarahumaras son la población indígena más numerosa. Se les conoce también como rarámuris (hombres de pies ligeros) debido a la velocidad con la que corren. Por la complejidad de sus territorios, viven en zonas aisladas o en modestas granjas, dedicándose a la caza y agricultura. Sólo visitan los pueblos para vender artesanías
Los tarahumaras aún conservan sus viejas tradiciones y costumbres. Su religiosidad es una muestra del sincretismo entre lo prehispánico y lo occidental, porque en sus altares se adora a Cristo y los santos cristianos, pero también a los viejos dioses: Raiénari (Sol) y Mechá (Luna). En sus ceremonias se utiliza el peyote, una sustancia alucinógena.
El tren sigue bramando por los sinuosos caminos de las
Barrancas
del Cobre. Sus profundas gargantas no dejan de deslumbrar
a los viajeros, mientras los tarahumaras siguen desplazándose velozmente
por la geografía accidentada. El tiempo sigue pasando. La vida continúa.