Un religioso franciscano, que
por esas coincidencias de la vida se llamaba Francisco, fue quien
en el año 1763 salmodió, entre beatífico e irónico, que Dios había
puesto en
Oaxaca todos los cerros y montañas que
le sobraron después de crear el mundo.
Lo cierto es que las palabras de Francisco, el franciscano, tenían, perdón, tienen mucho de verdad, porque los cerros que le sobraron a Dios todavía siguen en tierras oaxaqueñas -históricas, multiétnicas, tradicionales-, configurando un panorama montañoso y abrupto, parecido a un papel estrujado.
Pero lo que no dijo en aquella ocasión Francisco de Ajofrín, ese
era el nombre completo del ya citado franciscano, es que además
de sus serranías ondulantes, el estado de
Oaxaca
fue bendecido -¿por Dios?, o ¿la madre naturaleza?- con una kilométrica
franja costera, en la que el Pacífico forma bahías y playas excepcionales.

Montañas y playas; sí, la combinación es interesante, pero que ocurre si le agregamos: historia, arqueología, artesanía, mercados populares, también aventura. Ingredientes viajeros en un platillo turístico irresistible, tanto o más que los exquisitos potajes preparados en la región, verdaderas proezas del arte culinario que están entre las más codiciadas y apetitosas de la gastronomía mexicana.
Diverso, variado, sorprendente, son algunos de los adjetivos que podrían definir la milenaria tierra de zapotecas y mixtecos, los grupos humanos dominantes de la zona antes de la llegada de los españoles. Ellos construyeron ciudades fastuosas como Monte Albán y admirables centro ceremoniales como Mitla, claras evidencias de la sapiencia arquitectónica de los mesoamericanos.