El terreno sinuoso de
Pachuca impidió a sus fundadores
cumplir con la ordenanza colonial que imponía un trazo rectilíneo
y ajedrezado a las ciudades de la época. Ellos trataron de hacerlo,
pero fue imposible y las calles "nacieron" inclinadas y estrechas,
dándole un cariz especial que no deja de seducir a los viajeros.
Pachuca es, desde siempre, una ciudad de arquitectura
de ensueño. Hogar de gente trabajadora, hospitalaria y alegre, que
lo acogerá con los brazos abiertos y le mostrara lo mejor de su
tierra: su centro histórico evocador y monumental, sus museos reveladores
de la historia, la vocación minera que se transpira en el cercano
pueblo de Real Monte y la belleza natural en el Parque Nacional
El Chico.
Itinerarios distintos. Ciudad y naturaleza. Caminatas por calles estrechas, para constatar el paso del tiempo en el centenario reloj -diseñado por la misma empresa que hizo el Big Ben londinense- que corona una torre de estilo neoclásico de 40 metros; o andar sin preocupaciones por el tupido bosque de oyameles y pinos del parque El Chico, una zona protegida desde 1898.
Aún hay más que conocer, en el centro y fuera de él, y parece que el tiempo será escaso, porque las horas anuncian su nacimiento y su muerte con los tañidos de ese reloj gigantesco que marca el ritmo de una ciudad engalanada por casonas y templos que los expertos consideran como marcas imperecederas de la arquitectura novohispana.
Y el tiempo se acorta y hay que apurarse y ya estás en la iglesia de la Asunción, con su sencillo frontis blanco que presenta algunos atisbos barrocos; atisbos que se convierten en totalidad en San Francisco, parada obligada en el recorrido al centro, porque sus antiguos claustros albergan los museos de Antropología y el Histórico Regional, además de la Fototeca Nacional, la colección gráfica más importante del país.
Otros monumentos imperdibles son el edificio de las Cajas Reales
que data de 1670 o la casa Rule, cuya sencilla fachada contradice
la amplitud de sus salones y la prestancia de sus corredores decorados
de esa manera exquisita que era propia de las mansiones de los acaudalados
mineros de
Pachuca. Hoy es la sede del municipio
de la ciudad.
Un lugar único es el museo de la Minería, actividad estrechamente
relacionada con
Pachuca y el estado de Hidalgo.
Sus salas permiten conocer la historia de las minas de esta región
de México, explotadas desde tiempos prehispánicos y ligadas al progreso
de la ciudad.
No se puede abandonar
Pachuca sin visitar la casa
de artesanía Hidarte, una feria multicolor, con bordados, tejidos,
muebles, alfarería, talabartería -trabajos en cuero-, orfebrería
en plata y cestería. La experiencia es mucho más enriquecedora cuando
se ingresa a los talleres de los orfebres, lo que permite conocer
sus técnicas y procesos de producción.
Otra vez el sonar del reloj. El tiempo se acaba, ¿es corto o será que Pachuca es demasiado atractiva? Compruébelo usted mismo. Así obtendrá la respuesta.