La
Puebla de hoy -con o sin ángeles- sigue siendo
la
Puebla de siempre: una ciudad virreinal que
abruma por la monumentalidad de los templos y residencias cada vez
más centenarios que copan su maravilloso Centro Histórico, un bastión
del ayer con cerca dos mil edificios de incalculable valor arquitectónico,
que se ufanan de su añeja prestancia.

Amplios ventanales e imponentes balcones forman parte de estas perlas civiles o religiosas, que si bien muestran muchas diferencias en sus estilos arquitectónicos (van desde el renacimiento hasta el barroco neoclásico) se asemejan por el uso casi omnipresente de la cerámica de Talavera, una versión mexicana -mejor dicho poblana- de un tipo de mayólica introducida por los dominicos a fines del siglo XVI.
Por estas y muchas otras razones, el Centro Histórico es considerado
Patrimonio Cultural de la Humanidad desde 1987, un justo reconocimiento
al viejo pero aún vigoroso corazón de
Puebla de
los Ángeles (también llamada Angelópolis), ciudad fundada en 1531.

Lo que ocurrió después es fácil de explicar. La ciudad comenzó a crecer de a pocos y sus pobladores más ricos -quizás por fe, tal vez solo para asegurarse un lugar en el cielo- auspiciaban la construcción de conventos, iglesias y colegios religiosos. No importaba cuánto dinero se debía invertir ni el tiempo que demoraría la obra. No se debía ser mezquino con Dios.

Y la floreciente ciudad se fue poblando de imponentes templos, como la Catedral, una vistosa "casa de Dios" cuyas torres parecen peñiscar el cielo (¿será para que los ángeles bajen otra vez?) mientras gráciles querubines "juegan" a volar en su fachada; o la capilla del Rosario, conocida en su tiempo como la octava maravilla del mundo.

Los conventos de Angelópolis merecen una mención aparte, porque en sus claustros -hoy transformados en museos- se desarrolló más de un acontecimiento singular, como la creación del famoso mole poblano (estandarte gastronómico de la región) en la cocina del convento de Santa Rosa.

Mientras que el convento de Santa Mónica se convirtió en una "trinchera de la fe", en el que decenas de monjas vivieron de forma clandestina por más de 70 años, para escapar de las leyes anticlericales promulgadas por el gobierno de la Reforma (1855-1861).
En aquellos tiempos, la iglesia era propietaria de la mitad de las
construcciones de
Puebla, un exceso que el gobierno
liberal de aquél entonces (conocido como la Reforma) no estaba dispuesto
a permitir, por lo que expropió y clausuró muchas sedes religiosas.
En sus inicios coloniales la ciudad cumplió un rol estratégico en el control de los pueblos aledaños y de las rutas comerciales entre Veracruz y la Ciudad de México.
Posteriormente,
Puebla se revelaría como un importante
centro agrícola e industrial, siendo la fabricación de las cerámicas
de Talavera una de sus principales actividades.
Convertidas en un símbolo poblano, las coloridas cerámicas originarias del pueblo de Talavera, España, fueron introducidas por los monjes dominicos a finales del siglo XVI, pero de a pocos se comenzaron a crear azulejos distintos de los europeos, reinventándose las técnicas y los diseños.
La Casa de los Muñecos es un ejemplo notable del uso de las cerámicas de Talavera. En la fachada de esta vivienda de estilo barroco se aprecian 16 figuras humanas hechas de azulejo. Se dice que su primer propietario, el alcalde y regidor Agustín de Ovando y Villavicencio, ordenó la colocación de estas figuras, para burlarse de sus enemigos políticos.
Con sus marcados rasgos coloniales, la
Puebla del
siglo XXI es una ciudad pacífica y progresista. Es la capital del
estado del mismo nombre y está localizada a solo 129 kilómetros
de la Ciudad de México, siendo un destino excesivamente tentador
para los viajeros que visitan la urbe más grande del mundo.
Pero
Puebla no es solo arquitectura, sino también
magia natural que se evidencia en sus espléndidos paisajes serranos,
en sus bosques tumultuosos, en sus lagunas que reflejan el cielo
y en sus provechosos campos de cultivo trabajados desde tiempos
prehispánicos por toltecas, chichimecas, olmecas, nahuas y mexicas.
Raíces mesoamericanas que siguen vigorosas en Cholula, considerado el pueblo de mayor antigüedad de México, ya que es habitado de manera constante desde hace 25 siglos. En su tiempo de esplendor, la zona fue un importante centro religioso, similar a Teotihuacan, pudiéndose observar todavía algo de la grandeza de la fastuosa pirámide de Tepanapa.
Los encantos de
Puebla se prolongan a los alrededores
de su capital, siendo indispensable visitar los volcanes Popocatépetl
("Montaña Humeante") e Itzaccíhuatl ("Dama Blanca"), las joyas principales
de uno de los mayores parques nacionales del país.
Puebla abruma, seduce y conquista, con su soberbia
arquitectura barroca, su exquisita y complicada gastronomía. Pero
quizá lo más admirable sea el empuje de su gente, principal legado
de sus primeros habitantes que construyeron una admirable ciudad,
con la ayuda de esos ángeles laboriosos que trazaron las calles
con sus cordeles de oro.