Tzotziles, tzetzales, choles y lacandones son los descendientes directos de los primeros habitantes de estas tierras, sin embargo, ahora viven relegados en el monte, luchando con dignidad a pesar de los siglos de injusticia y aferrándose a sus viejas tradiciones, enraizadas en los principios de la historia americana.
Los sábados ellos llegan a la avenida General Utrilla, entonces,
se agita el mercado público. Se compran artesanías, se ofertan flores,
se regatean hierbas medicinales en
San Cristóbal de las
Casas, que ha dejado de ser una ciudad colonial, para convertirse
en una tierra de indígenas, provenientes de los poblados de San
Juan Chamula, Tenejapa y Zinacantán.
Más que una oportunidad de conseguir buenos precios, el mercado es un aula abierta de antropología, donde es posible aprender y observar a los indígenas vistiendo sus huipiles, esas holgadas blusas de algodón bordadas con estilizados diseños que evidencia un profundo simbolismo.
Herencia, tradición, cultura viva en un mercado en el que los bienes más valiosos son la preservación de las costumbres, algunas tan curiosas como la de los sombreros de paja que utilizan los varones chiapanecos, los cuales sirven para identificar su procedencia (dependiendo del color de las mismas) y su estado civil (cuando estas van sueltas).
Cuando el mercado concluye,
San Cristóbal de las Casas
(2,120 msnm) retoma su cariz apacible y colonial, vuelve a su rol
de ciudad tranquila, quieta y sumamente acogedora, que está localizada
a 83 kilómetros de Tuxtla Gutiérrez (capital estatal) y a 962 kilómetros
de la Ciudad de México.
Un rincón de clima templado y detenido en el tiempo que nació como una pequeña villa española sobre el valle de Jovel -conocido como los Altos de Chiapas-, y que hoy se ha convertido en uno de los principales destinos de México, un excelente punto de partida para recorrer las tradicionales comunidades mayas que germinaron a su alrededor.